11 de febrero de 2014

Cariño, la cena está servida!

Ay gente que lo hace todo al revés. Afortunadamente no soy yo, de esos uno... uno de esos... en fin. Yo se que la cosa lleva un cierto orden para que funcione. Hablo de orden, de estructura, de procesos. Así, gracias a este orden, primero aprendemos a caminar y luego a correr. Aprendemos a hablar y luego a (medio) escribir. Y en toda esta transmisión de conocimientos, recuerdo que mi abuela le decía a mi hermana. "para que te cases, primero debes aprender a cocinar". Obviamente mi hermana, mujer del siglo XXI, encontró otros métodos para encontrar marido. Aunque si aprendió a cocinar y dos veces, pues resulta que el marido es ruso, pero esa es otra historia. Así como mi hermana aprendió a cocinar, yo también.

Pero esta receta no es mía, es de un amigo al que su abuela, le dijo: tienes que aprender a cocinar porque el día en que te divorcies no tendrás quién te alimente. Que linda su abuela. Así, desde los 10 años, este amigo estuvo metido en la cocina de su abuela, so pretexto de que debía valerse por si mismo, aunque la realidad, descubrimos años después, era porque su abuela quería que alguien le ayudara en la cocina a preparar comida para sus doce hijos y veintitantos nietos.

Y así llegamos a la historia de esta receta. Este amigo se quiere casar y como todo lo entiende al revés, aplica "al revés" aquella máxima de la cultura popular mexicana. "Al hombre, se le conquista por el estómago". Preparó una cena para su novia, que incluía: entrada, sopa, plato fuerte y postre. Cuatro tiempos como en cualquier cena decente de hoy en día. El éxito de la noche, según se encargó la novia de presumirme todo el día siguiente, fue el plato fuerte. Salmón glaseado y con pimiento morrón.

Ingredientes:

600 gr de filetes de salmón con piel. (tres piezas de  200 gr.)
300ml de vino blanco alemán (Riesling) (se chingó una de mis botellas)
Pimienta blanca
Sal de mar (también se chingó mi fleur de sel del mediterráneo)
Aceite de oliva
Perejil fresco en chiffonade
Romero fresco en también en chiffonade
1 pimiento morrón cortado en batonnet
1 cucharada de miel de abeja
1 cucharada de salsa de soya.
1/2 limón, el puro jugo.

Si esta cosa tiene algún ingrediente secreto, pues no me lo dijo, porque es secreto (duh!) pero aún así el sabor es riquísimo.

Un día anterior en un recipiente de cristal, ponen a marinar su pescado con el vino blanco, el romero (una media cucharadita) el perejil (también media cucharadita), el jugo de limón, sal y pimienta.

Se calienta una de esas sartenes con antiadherente, por aquello de que no se nos pegue el salmón. Por otro lado, en un recipiente pequeño se mezcla la miel con la soya y se baña el pescado abundantemente. Una vez que el sartén esta muy caliente, se ponen 2 chorritos generosos de aceite de oliva. Se agrega el pimiento morrón a que se sofría y al mismo tiempo se pone el pescado con el lado de la piel hacia abajo. Se deja cocinar por 3 minutos, la piel debe quedar crujiente. Se sigue bañando el pescado y los morrones con la mezcla restante de miel y soya. Se le da vuelta al pescado por el lado que no tiene piel y se deja cocinar por otros 2 minutos. Se retira del fuego y se emplata junto a los morrones. El truco es el siguiente: desglasear el sartén con otro chorrito de vino blanco. ¿Qué quiero decir?. En el sartén aún hay jugos y grasa del pescado que se queda "pegada". Vamos a recuperar esto al diluirlo con un poco de vino blanco que, al evaporar el alcohol y reducir, quedará una especie de salsita espesa. Es con esta salsa que vamos a cubrir el pescado en el plato.




La verdad ya no les presento como quedó el plato, porque esto olía tan rico, que me olvide de seguir tomando las fotos y me lo comí inmediatamente. Muy recomendable para esas cenas románticas que se vienen esta semana. Esto es muy dulce, así que mi recomendación es acompañarlo de un vino blanco o un rosado no tan dulce, mejor algo tirándole a seco. Veámonos clásicos y si pueden conseguir un Chardonnay.



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