10 de abril de 2018

¡Son blancos!


Una vez, durante los primeros semestres en la universidad estaba esta chica que me gustaba mucho, en verdad me atraía. Ella cursaba una licenciatura distinta a la mía y se sentaba delante de mi en una de esas materias comunes del tronco básico. Un día se le resbaló el bolígrafo de la mesa y cuando se agachó para levantarlo se le deslizó el pantalón un poco hacia abajo y alcance a ver qué usaba ropa interior color blanco. (si a ese triangulito de tela atada con dos cordones se puede llamar "ropa interior") ¿Qué hice entonces? Con la mucha falta de tacto que en ese entonces tenía, comencé a susurrarle en el oído, sensualmente según yo, esa famosa cancioncilla aprendida y utilizada por muchos bullies (acosadores) en mis años de escuela primaria:

– “son blancos, son blancos 🎵



No sé qué esperaba yo. ¿Qué cayera enamorada en mis brazos? ¿Una respuesta agresiva tanto física como verbal? esto era muy posible, es más, ahora que lo pienso era el tipo de respuesta que yo merecía; pero su reacción fue totalmente opuesto a lo que yo me hubiera podido imaginar. 

"Ella" [No mencionaremos que se llamaba Karla, porque de todos modos ni la conocen, y además, esto es ficción ¿cierto?] ... retomando, "Ella" se giró sobre su eje para mirarme a los ojos, los entrecerró, carraspeó para ajustar la voz medio tono por debajo del natural, sus grandes y rojos labios apenas se separaron en esa posición entre estoy trompuda y quiero beso, sus cejas perfectamente contorneadas, todo este conjunto de acciones se coordinaron en su rostro moviendo los 36 músculos necesarios para lanzar la expresión No. 41, conocida como “la matona”

Y dijo:

– ¿Qué? ¿Los quieres ver completos?

Era una invitación cien por ciento real, lo sé porque años después recibí confirmación. Y yo hice lo cualquier hombre (in)seguro de si mismo hubiera hecho en ese momento, responder:  "a güevo", "me canso ganso", o cualquier otra finísima expresión... pero no. 

– No.

Y sonrojado como gringo asoleado en Acapulco bajé la mirada y vi morir a mis pies la única oportunidad (si es que realmente hubo alguna) de tener algo con "Ella".

Y de repente todo es negro.

La primera vez que esto me sucedió tendría como 12 o 13 años, según yo, más o menos allá por el año 1992. Había sufrido un accidente muy apa...